jueves, 19 de marzo de 2009

Acerca del Suicidio

Esa noche mi hermana llegó a la casa y me dijo: – ay Any, se murió Ivet. Quién?- fue lo único que pude contestar. Yo pensé que era otra Ivet, una antigua vecina que se fue a vivir hace unos años a Estados Unidos y que según supe tenia problemas de drogas, y estaba muy enferma, así que no me sorprendió mucho la noticia en ese instante.

-Ivet, la hija de Antonio. Queeeeee! Pero…cómo? Cómo va a ser? Y qué fue lo que le pasó?

- Se ahorcó…
- Ay Dios mío, no me digas eso, no puedo creerlo. Esa niña tan linda, de tan solo 17 años, pero como va a ser si lo tenía todo.
- Ay sí, esa gente ‘tan vuelto loco.

A mi vista y a la vista de muchísima gente, Ivet lo tenia todo para ser feliz, una buena posición social, belleza, amigos, una familia, un futuro prometedor. Pero al parecer no era así; ella, por algún motivo que aun no alcanzamos a entender, estaba sufriendo, sufría en silencio, hasta el punto de no poder soportar más y…. terminar con todo, romper con todo, tirar la toalla.

Tanto dolor no le dejo ver el daño que iba a causarles a sus padres, a sus hermanitos y a tanta gente que la quiso y que la recuerda con cariño.

Tanto dolor no le dejo ver que la vida nos pone a prueba, pero es con un propósito, y que es nuestro deber descubrir ese propósito.

El dolor no le dejo ver que hay un Dios de misericordia que nos acompaña día a día, y que cuando ya no podemos caminar nos toma en sus brazos y nos lleva en su hombro.

Cuando muere un ser querido nos queda un enorme vacío, una herida que tarda mucho en sanar y que algunas veces nunca sana. Y si esa muerte es repentina o provocada como en el caso de Ivet, el dolor es aun más fuerte. Hay desconcierto, sentimientos de culpa, incredulidad… no lo podemos creer, pensamos que es una pesadilla de la que pronto vamos a despertar; una mentira, esa persona no murió, va a despertar, va a regresar, aun hay esperanza, va a regresar. Pero no es así, no va a volver, no la volveremos a ver, al menos no en esta vida, el dolor aumenta, la esperanza se agota…

Confiar en Dios, entregarle nuestro dolor, colocar en sus manos misericordiosas el alma de nuestro ser tan querido, eso es lo mas correcto. Dios nos perdona, sana nuestras heridas, nos fortalece y nos reconforta.

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